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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Con los votos de la democracia, sin los fierros de la República

Hoy jura Javier Milei como presidente de los argentinos. Se termina toda una época, comienza otra de ideología opuesta. Las acechanzas son tremendas, las expectativas también. Los cambios profundos que se propone hacer el nuevo gobierno, necesitarán conformarse dentro de los primeros 90 días. Luego, puede ser tarde.

“No creo que los 33 senadores de Unión por la Patria hagan lo que les diga Cristina Kirchner, una señora que a partir del 10 de diciembre va a estar en un pueblo del sur”

Francisco Paoltroni, senador de La Libertad Avanza

El 10 de diciembre es la fecha que marca el fin de las especulaciones y el comienzo de los hechos. Asume el nuevo gobierno y, a partir de entonces, las opiniones se transformarán en decisiones o en propuestas con pretensiones de normas jurídicas.

Está claro, muy claro, que se produce un cambio bastante importante en los paradigmas que tradicionalmente rigieron la política argentina en estos últimos veinte años.

Se va toda una época, deja el poder una visión política que dividió a los argentinos y trató, permanentemente, de imponer un discurso hegemónico. Pero fundamentalmente se va un modo de gobernar, el populista, que nos trajo hasta acá, con resultados catastróficos, en los que dos de cada cinco argentinos son pobres y el peso perdió el noventa por ciento de su valor.

Lo más importante no es, como pareciera, las ideas del nuevo presidente, lo verdaderamente decisivo debiera ser la voluntad de cambio que la sociedad expresó en las urnas, sobre todo el cambio cultural que fatalmente incidirá en un cambio político y en las nuevas políticas económicas.

El dato central en una república es que todo el poder no se concentre en una sola mano, a pesar de que la autoridad ejecutiva es la que reúne gran parte del mismo. Para que los temas importantes puedan convertirse en decisiones, se necesita la intervención de otras personas que integran otros poderes.

Y allí está la cuestión. Javier Milei, el nuevo presidente, asume con la legitimidad que le dan los votos obtenidos, el 56% por ciento en segunda vuelta, y ello le debería ser suficiente para avanzar en su programa de gobierno, por lo menos en su primera etapa.

Es lo que intentará hacer el libertario, en rigor lo intentan todos los nuevos gobiernos, aprovechar el envión electoral y la luna de miel que generalmente se le concede al novato.

En los discursos y en la teoría, parece que ello va a ser así. Los distintos sectores políticos se han pronunciado en ese sentido, especialmente los que ocupan el espacio del medio, lo propio ocurre con gran parte del sindicalismo representado en la CGT.

Es decir que están dadas las condiciones para garantizar una primera etapa con grado importante de gobernabilidad y una paz social mínima que se requiere para no estar corridos por las urgencias de los conflictos.

Pero los tiempos políticos y sociales se consumen, y rápido, la luna de miel se termina y hay que volver a casa, a enfrentar el día a día, sin la visión rosa del inicio sino con los problemas reales ingresando sin golpear la puerta ni pedir permiso.

El presidente Milei no ignora que debe forzar en su primera etapa de gobierno la instrumentación de las principales medidas, que no tendrá otra oportunidad, o por lo menos no la tendrá fácil en tiempos venideros.

En su campaña electoral, propuestas disruptivas, algunas decididamente descabelladas, le dieron el favor del votante. Hoy debe gobernar, y lo sabe, el “loco” ha mutado su discurso y parece reconvertido en la voz estoica de la razón.

A pesar de conservar la rebeldía propia de los recién llegados, comienza a pactar con “la casta”, no sólo en cuánto a la morigeración de sus propuestas sino a la integración de sus equipos de gobierno.

Pero, cierto es que lo que no hace en sus primeros noventa días, difícilmente lo pueda hacer en adelante, no sólo por progresiva caída de la tolerancia política y social de los comienzos, sino fundamentalmente porque la situación es tan explosiva que no admite demoras en la instrumentación de los cambios.

Allí es donde deberá contar con los fierros de la República, los legisladores, que no los tiene, por lo menos no con el número suficiente para avanzar en cuestiones esenciales que necesitan de consagración legislativa.

Paradójicamente, en lugar de constituir su mayor debilidad, la insuficiencia oficialista en la representación parlamentaria podría convertirse en un importante haber político. La oposición se sentirá presionada para no quedar como los malos de la película al obstaculizar leyes solicitadas por el gobierno, y éste puede echarle la culpa de sus fracasos a la oposición parlamentaria.

No muchas veces se configura un Congreso con tal grado de atomización, fenómeno que se registra no sólo por la inexistencia de un sector político que se adueñe del quórum, sino por la fragmentación que existe dentro de cada uno.

La influencia de los votos se agotan en la primera etapa, luego hay que apelar a los fierros de la república, los legisladores. La gobernabilidad es tarea conjunta de gobierno y oposición.

Unión por la Patria es el sector mayoritario tanto en Diputados como en Senadores. Pero en el mismo, hay una clara división entre la concepción autoritaria propia de Cristina Kirchner, propenso a presentar una resistencia activa, y la necesidad de los gobernadores peronistas de relacionarse con el gobierno nacional y con los fondos para sus provincias.

En Juntos por el Cambio, la atomización alcanza niveles estratosféricos, tanto que ni siquiera existe el interbloque como tal. En el Pro, están los aliados, tal como los legisladores que responden a Patricia Bullrich, los dialoguistas comandados por Mauricio Macri y los distantes, enrolados en el sector larretista.

Los radicales apenas pudieron salvar la fractura del bloque. Se mantuvieron los 35 dentro del mismo, aunque con diferencias profundas entre el sector “dialoguista” que responde a los gobernadores de la UCR, y aquéllos que están dispuestos a no hacérsela fácil al gobierno, como Morales y compañía.

Un tercer grupo con unos pocos legisladores, que también podrían ser importante en el juego de los números, son aquéllos que no son del Pro ni de la UCR, que naturalmente harán su propio juego.

La muñeca política que comienza a demostrar Milei, deberá ser probada a fondo para que las reformas propuestas puedan ser realizadas en el marco de una mínima paz social.

Con apenas 38 diputados y 7 senadores, el nuevo oficialismo deberá negociar con cada sector para conseguir los votos necesarios para las leyes que intenta aprobar.

No construyó una unión estratégica con determinada facción, tal como quería Macri, la presidencia de diputados y la vicepresidencia primera de Senadores quedará para el oficialismo, de modo que los acuerdos, como la integración de los ministerios, son a título personal y no constituyen la representación de un sector político.

Intenta con ello, Javier Milei, pescar en la pecera tanto de Juntos por el Cambio como del peronismo no kirchnerista. No es tarea fácil, sus operadores son novatos, los votos pueden ir y venir, y cada uno puede representar un requerimiento distinto para llegar al acuerdo.

Es probable que en el discurso de asunción, o el día siguiente, se conozca el proyecto de ley ómnibus que comprenda cuestiones económicas, laborales, impositivas y de reforma del estado.

Hay un ambiente favorable para darle las herramientas de gestión al nuevo gobierno. Pero son temas espinosos que demandarán acuerdos. Y el tiempo juega en contra.

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