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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Empatía

No todos, pero el resto estaríamos conformes por ser gratificados con el valor agregado que le suma franqueza, simpatía, amenidad con  bondad infinita. 

Esta palabrita que dice mucho porque representa lo más hermoso de una persona, no es casual. Es verdadera y digna porque significa ese grado de sensibilidad que tanto nos define como personas, pero más que nada esconde-porque no todos lo tenemos-una virtud transparente que se hace pública porque este mundo no nos permite desarrollarla de seguido. Y cada hallazgo, es una celebración bien merecida por ser auténticos, no dejando pasar lo bueno por encima de lo malo.

Que no es otra cosa que la empatía: capacidad que poseen algunas personas de poder comprender emociones y sentimientos de los demás. Posibilidad natural de conexión con los otros. Potencialidad y firme actitud de ponerse en el lugar del otro. Porque habitamos los unos y los otros.

Hubo. Hay. Existen, pero son piezas únicas no masivas, que a veces resultan desapercibidas porque en el correr de los tiempos no tenemos lugar para descubrirlos, o imitarlos, antes que se transformen en ejemplares en extinción.

Sucede en la vida política donde escasean de verdad. En los días cotidianos. Un amigo común, de esos abiertos a toda inquietud, tema o charla, previo a toda esta vorágine proselitista, compartiendo café me habló de la urgencia necesaria que les cabe a muchas personalidades para hacer agradable el trato.

Rematándolo para que explotara en una risa de alto volumen, me dijo, como lo haces vos, buscando siempre compartir empatía o despertar en el otro ese hermoso estado de concluir en un tema que nos son comunes, como suma urgente y necesaria. 

No concibo no hablar. Es imprescindible acercar opiniones construidas, determinadas como erigir un puente para poder cruzar el río. No creo que sea para tanto, pero alguien alguna vez dijo como para ejemplificar tan árida desertificación del entendimiento: quien no habla, no piensa. O, mejor aún. Trata de no pensar para no gastarse en palabras, para él vanas.

Kennedy, el presidente norteamericano, tenía empatía que emanaba con su sola presencia, y mucho más aún, cuando hacía uso natural y honesto de ella, por ejemplo en los debates televisivos con el Presidente en ejercicio Richard Nixon, en el año 1960.

Porque un país justo, somos todos con voz y voto. Es cuando la empatía empuja por ser una, diversa pero unida. Todos tirando para un mismo lado.

Pues su parlamento no era rimbombante, ni tampoco complicado, no agredía como defensa, sino que utilizaba su simpatía natural, para hacer comprender el sentido de sus palabras, a la vez respetando a su oponente. 

Era afable, simple, le gustaba ser enfático sin perder la armonía natural de sus palabras, hasta tener capacidad para distender erradicando cualquier tensión si algún momento del debate lo registrara. Fueron, 4 debates, el primero se realizó en los viejos estudios de la CBS Columbia de Chicago.

El primero fue el detonante que enamoró a los ciudadanos norteamericanos para con el joven Senador Demócrata por Massachusetts, aspirante a la Presidencia de los Estados Unidos, cuya figura emanaba potente empatía.

John Fitzgerald Kennedy, llegaba con 43 años, siendo el primer presidente católico. El debate tuvo 59 minutos de emisión neta, habiendo llegado a una audiencia de 70.000.000 de televidentes. 

Siguiendo su línea empática, Kennedy remató el cierre, con una frase simple, directa, de apelación a su país, que gusta tanto al ciudadano norteamericano: 

“Creo que es hora de que los Estados Unidos comiencen a ponerse en movimiento otra vez.”

Cuando apelo a la empatía, lo hago en son de demanda por ese caudaloso río y educación de buenas costumbres, que siempre logra irrigar vastos campos del entendimiento humano.

Dispuestos y predispuestos a tejer la trama del intercambio que comprendiendo al otro, nos entenderemos mucho más. Porque estos momentos de reflexión, nos permitan saber cuáles son los caminos por emprender el “libertario Presidente”, como lo expresó el Presidente Biden, interesado en saber más de lo que marca la imaginación y los primeros escarceos que no desvelan los interrogantes en su integridad; “conocer hacia dónde va.” 

Si bien su desenlace fue contundente e inobjetable, a los argentinos que ya estamos curados de espanto, los mismos que no entregaron los atributos de mando al oponente en la transmisión del poder, porque late en su propio ADN; es como si gobernaran para un solo partido donde el federalismo cuesta adoptarlo, “minga” juramento de por medio, no interesa, es lo más natural.

En estas alturas, hablar de empatía, recrearla, hacerla visible naturalmente, es poner en movimiento otro idioma en un país donde poca demostración hacia ella se ha hecho.

Los empellones, las marchas y contramarchas, crearon la política del más fuerte, supliendo los buenos modales por el autoritarismo, el resentimiento, la soberbia, y todo el desmadre de una política que con el tiempo fue creciendo como una cultura impuesta, hasta el desmadre del colmo.

Hay personalidades que se salvan, que brindaron su empatía sin demagogias, predispuestas naturalmente, no acompañando ninguna campaña, ni menos el Operativo Platita, o “Soborno Asistencial,” que batió toda comparación o parecido. 

El otro mérito de la empatía, es saber reconocer en el otro sus virtudes personales por encima de las propias, lo cual lo eleva y trasciende como persona.

Lo bueno que todo ello se cumple espontáneamente sin proponernos, detalle que enriquece aún más las bondades de la empatía. Los argentinos al dar un paso por caminos no transitados, requerimos de ella más que nunca como forma optimista de emprenderla predispuestos, compartiendo la diversidad. 

Porque un país justo, somos todos con voz y voto. Es cuando la empatía puja por ser una, diversa pero unida. Todos tirando para un mismo lado.

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