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Fantasmas en el Hospital Vidal

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”; Moglia Ediciones.

Dícese que el lugar que ocupa el Hospital José Ramón Vidal fue un antiguo edificio que albergaba un depósito de pólvora, otros afirman con justa razón que durante la Guerra de la Triple Alianza (Guerra Guazú o Guerra del Paraguay) allí cerca se habilitó un cementerio brasilero, el más numeroso en cuanto al número de sus hombres, por lo que es normal que habilitaran un cementerio anexo. La medicina de la época poco o nada podía hacer contra las epidemias y heridas de guerra. 

Había cementerios paraguayos, uruguayos, argentinos, disidentes, de negros e indios. 

Cedido el terreno y construido el magnífico edificio que hoy conocemos, como es de suponer murieron en el recinto miles de personas en el transcurso de los años. 

Mucho tiempo estuvieron las monjas y curas manejando el nosocomio, contradicción absoluta en un hospital público pero era así, hasta que fueron expulsados correctamente por sus abusos y discriminaciones, sustituidos por personal profesional de escuelas de enfermería en las postrimerías del siglo XX. 

Que deambulan espíritus por el lugar no es ningún secreto, son muchos los profesionales que ven las figuras fantasmagóricas; se acostumbraron no sin dejar de tener resquemor porque relacionarse con otros planos no es cosa normal que digamos. Otros no ven la punta de su zapato. 

En el hospital ocurren cosas extrañas: se encienden luces, alguna radio que nadie tocó misteriosamente comienza a lanzar música o noticias, los laboratoristas encuentran los tubos de ensayo cambiados de lugar, algunas figuras que nadie conoce transitan animadamente por salas y pasillos. 

El más llamativo hasta hoy, que según dicen se trata de una antigua costumbre que viene de los primeros hospitales, es el sonido de un ruido o sonido triste que rebota por las paredes, se mete por ventanas, ingresa atravesando paredes, el sonido de un hierro colgado golpeado con otro hierro, utilizado cuando un moribundo pedía los auxilios de un sacerdote antes que se le escape el último aliento, práctica que fue dejada de lado por el miedo que metía a los otros enfermos. Pero cosa de espíritus caprichosos, el sonido se expande hasta ahora sin que una mano humana viva lo provoque, son los espíritus de los antiguos encargados de llamar al cura para la unción, que quedaron pegados a sus funciones en la ultratumba. 

Es tan notorio el asunto que en los medios nacionales y locales trascendieron las declaraciones de médicos conocidos, del director del Hospital y otro, que relatan estas apariciones, entes incorpóreos, sombras o lo peor corporizados, como ocurre con el antiguo estudiante de Medicina, pobre de solemnidad que nunca llegó a recibirse. Vivía en el hospital, allí dormía, comía, estudiaba, colaboraba en todo lo que pudiera con todos; su deseo de aprender era tan grande que su visita a la morgue del hospital era frecuente, casi morbosa, lo que produjo su desaparición física inexplicablemente. Eran años bravos, tiempos de golpes militares en que se incubaban odios y rencores nefastos. 

Tratemos de dilucidar este galimatías. El hombre estudiaba los cadáveres como lo hacían casi todos los estudiantes de Medicina antes de que fueran retirados por sus deudos o remitidos a la morgue de la Escuela de Medicina, hoy facultad por la calle Sargento Cabral a la altura de Paraguay. Cuando el fallecido no tenía quien le llorara, muchos de ellos enseñaron más que los propios profesores, generalmente seres humanos olvidados sociales, pobres de solemnidad. 

El asunto es que muchas veces en tiempos de luchas políticas bravas, el herido en un combate entre diferentes colores encontraba vía de escape con la colaboración de los médicos, de algunos y de la funeraria que enterraba un cajón con piedras, cuando el sujeto escapó de la muerte segura. Era habitual que los enemigos ingresaran a las clínicas a darle el pase final al adversario herido. 

Este pobre muchacho tuvo la mala suerte de ir una tarde noche a visitar la morgue, de pronto se encontró con un sujeto que desnudo caminaba armado de un cuchillo tipo facón, junto con los de la funeraria se dirigía hacia una camilla de la empresa. No hubo posibilidad de huir, si daba la alarma el presunto muerto estaba perdido, el de la funeraria sujetó al pobre muchacho, mientras el presunto muerto lo degolló de tal manera que su cabeza 

quedó separada del cuerpo, un corte limpio e indoloro, propio de los despenadores en los campos de batalla, la muerte piadosa. 

El escándalo en el hospital lo dieron las enfermeras que por alguna razón al otro día ingresaron a la morgue porque de noche no entraba nadie o casi nadie. El estudiante, cuyo nombre se perdió en el espacio temporal del pasado, tenía una sonrisa en los labios, había ingresado al mundo de los espíritus sin darse cuenta siquiera, rápidamente, sin sufrimiento alguno, su cabeza quedó colgando de un trozo de músculo. El tajo cortó todo, hasta los huesos, fue el trabajo de un profesional de la muerte, como los despenadores. 

Policías, médicos, peritos nadie entendía nada, estaban en un callejón sin salida, sólo algunos que eran los cómplices de la falsificación de documentos y vida que jamás hablaron, eso sí no se salvaron de recibir la visita permanente del joven muerto abruptamente, el espíritu los persiguió siempre. 

La cabeza se perdió en el alboroto, nunca se la encontró como tampoco encontraron explicación alguna para ello, algún enfermo la escondió o soterró. 

Fue enterrado modestamente en el San Juan Bautista, en una tumba para pobres que el tiempo se llevó, costeado por el aporte del personal del hospital. Era un hijo de ese centro sanitario, formaba parte de sus pasillos, laboratorios, sanitarios, se enquistó en sus paredes, lo extrañaban hasta los pacientes habituales ambulatorios, que muchos de ellos hicieron su aporte para el sepelio decoroso, un caballo para la carroza, bien de pobre. 

El asesino y sus cómplices, médicos, enfermeras y hasta una monja no tuvieron paz desde entonces, a esos los acosó de tal manera que vivían postrados rezando en la capilla de la esquina del hospital. El espíritu sin cabeza 

corporizado con su largo guardapolvo viejo y cansado de uso, se les aparecía en cualquier parte del lugar, para mejor atención de sus victimarios, los visitaba en sus casas. 

Uno de ellos le hizo construir un pequeño panteón, otros colocaron una placa, pero nada resultaba, ni rezos ni curanderas/os, les tocaba el hombro como acostumbraba en sus tiempos de existencia; la monja -mujer huraña- se enclaustró y murió pidiendo perdón a todos los dioses conocidos de hace cincuenta mil años atrás. 

Acabada la existencia de sus victimarios, incluyendo el despenador que vivía en el Paraguay, el espíritu del descabezado se sintió cómodo en el sitio donde murió, ambula por pasillos, laboratorios, consultorios. Sólo permite que lo vean personas de buen corazón, mientras que a los malos los asusta lisa y llanamente. 

Una joven médica muy apreciada en el lugar lo vio varias veces. La primera vez como es de pensar, se asustó, subía la escalera el espíritu la saludó con la mano, llevaba la vestimenta antigua que describí: largo delantal cansado de tanto uso, se movía como rodeado de una luz benefactora, de esas que arrojan ondas positivas, respeto y cariño; un perfume de los comunes de la época pasada, olía a la colonia inglesa. Ella quedó consternada, sentada se tomó de la cabeza; la enfermera de antigua existencia en el lugar observó la escena, era una buena mujer y estaba acostumbrada, le expresó: “Doctorcita no te asustes porque, como viste, te saludó kó el espíritu, dicen que era buen muchacho, cuando mueve las manos es porque te respeta y aprecia, cuando cierra el puño es para asustarte, sos una privilegiada porque lee kó, el alma de cada quien”. Ella aceptó la explicación, desde entonces mantiene cordial relación con el espíritu. 

¿Creen ustedes que es el único caso? Pues se equivocan señores y señoras, por qué no niños. 

Son muchos los que pasean por el lugar, sus moradas son las paredes, aparadores, salas, sombras, que emergen de los suelos donde yacen sus restos soterrados. Durante las guardias nocturnas andan siempre acompañados, cuando aparece un desconocido se limitan a un saludo cordial y con un movimiento de cabeza basta, no saben si están muertos o vivos. 

 

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