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Los hermanos Gómez, de Alvear

Por José Gabriel Ceballos

 

En Alvear, la calle que, desde la Isaco Abitbol, conecta la entrada del pueblo con la plaza central se llama Hermanos Gómez. Ahora bien: muchos vecinos, especialmente los jóvenes, sin duda ignoran quiénes fueron esos hermanos.

Creo que el espíritu de una comunidad en una época determinada está representado por las personas que efectivamente reflejan lo que sucede en ese lugar y ese tiempo. No es una cuestión formal (como ocurriría, por ejemplo, con una autoridad cualquiera que institucionalmente pueda invocar tal representación) sino una cuestión fáctica, de hechos concretos. Y eso fueron los hermanos Gómez (deberíamos escribir el apellido con “s” final, por el origen brasileño): los cabales representantes de medio siglo de vida alvearense, el que corrió más o menos desde la segunda década del siglo XX, quizá el período más próspero en lo económico y el más intenso en lo social y cultural para Alvear. Porque durante toda esa época los Gómez ejercieron un rol protagónico fundamental en el desarrollo de la vida lugareña.

Poseían una imprenta. Una minerva que trajo desde el Brasil su padre, don José Gómez Camargo, cuando desembarcó en estas tierras a fines de los 800 o principios de los 900, posiblemente empujado por las luchas políticas que a la sazón se libraban del otro lado del río Uruguay. Con tal imprenta editaron varios periódicos que se convirtieron en espejo y motor de cuanto ocurría en su comunidad. Nada importante se hacía en el pueblo que no pasara por dichos periódicos en letras de molde, nada de ello adquiría “verdadera” importancia mientras no figurara en aquellas modestas hojitas noticiosas. Desde las principales novedades políticas o económicas hasta los chimentos sociales; desde las quejas vecinales de un correo de lectores impregnado de polémicas hasta la crítica cinematográfica de las películas que se exhibían en el pago (críticas confeccionadas por los propios editores), pasando por la producción de literatos locales como Guillermo Perkins Hidalgo, Marcelino Sussini y Juan Sanabria. El más duradero fue el semanario “El Social”, cuya existencia se prolongó por tres décadas y pico a partir de 1922. Otros de aquellos periódicos se llamaron “Uruguay”, “Acá Jhatá”, “La Opinión”, “El Alacrán”.

Junto a la imprenta funcionaba la librería de los Gómez. Un sitio bien abastecido de la buena literatura que por entonces, lejos aún del imperio de la televisión, se consumía como el pan en estos confines.

Pero los hermanos Gómez también eran músicos. Algunos tocaban varios instrumentos, algunos leían y componían música. Y tenían una orquesta. Se la conoció con dos nombres a lo largo de los años: la “Bohemia” y la “Santa Clara”, pero siempre como “la orquesta de los Gómez”. Con ella animaban en forma regular los bailes del Club Social y del Club de Artesanos, entre otros acontecimientos; sin ella el Club Social no hubiese alcanzado el esplendor que algunos longevos todavía añoran. Y también integraban (constituían, digamos, su “caracú”) la banda de música municipal, la que realizaba los domingos la retreta que atraía a casi todo el pueblo a la plaza y animaba las fiestas cívicas y religiosas.

Por si lo antedicho resultara poco, dos o tres de los Gómez atendían (en la esquina de la casona que habitaba la familia completa, a pocos metros de la imprenta) la peluquería y barbería más relevante de la localidad. Un local de una estética elegante, con mármoles y cristales biselados, donde sabían reunirse los caballeros “de pro”. Muchas cosas que marcaron la historia de Alvear (pactos políticos, negocios, quizá hasta alianzas familiares mediante acuerdos matrimoniales) nacieron allí.

Y además, algunos de los Gómez eran deportistas. Participaron activamente en el fútbol alvearense. Hasta lo hicieron en la fundación de los dos clubes de fútbol a la sazón más destacados: el Alvear y el Sport Club.

Cargos públicos o poder económico no tuvo ninguno. Los varones (nueve de los once hermanos que llegaron a la adultez, todos enjutos, todos parcos en palabras) se caracterizaban por un amor inquebrantable a la bohemia. Una bohemia que albergó a Isaco Abitbol, el “Patriarca del Chamamé”, quien los frecuentó desde su niñez como un hermano más. Isaco se sumaba en las increíbles serenatas que los Gómez acostumbraban a realizar con su piano cargado en un carro. Isaco emprendía con ellos unos interminables viajes en tren a Buenos Aires tocando música, animando así verdaderas “bailantas” en los vagones.

En resumidas cuentas: aquel Alvear no parece concebible sin la presencia de los hermanos Gómez. Aunque sin el ropaje de un apellido aristocrático ni el de los cargos oficiales, ellos le impusieron a aquel Alvear su dinamismo, su fuerza vital.

El nombre de la calle referida no podría contener todos sus nombres, claro. Además, la mayoría de tales nombres suenan demasiado raros para una calle. Se llamaban Dovelidio, Antidio, Marcilio, Astriclinio, Otasildo, Pergentino, Cyro, José Targinio y Arduíno. Las mujeres se llamaban Concepción e Izultina. Sólo Izultina se casó. El último en morirse fue Arduíno, al promediar los años 80.

Pero el espíritu de los hermanos Gómez permanece vivo. Doy fe de esto. Puedo sentirlo cada vez que entro en la casa antañona donde ellos residieron, hoy deshabitada, en la manzana de la iglesia, por donde pasa la calle que luce su nombre. Mi mujer, descendiente de Izultina Gómez, suele llevarme allí cuando va para regar las plantas. Entonces me siento en algún viejo sillón y lo percibo: su espíritu aún vibra en el aire, el espíritu del Alvear perdido. Tal vez espera que algún día el pueblito salga de su patética decadencia.

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