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Sabores isleños de Tigre para disfrutar

Al Delta del Paraná se lo respira, se lo surca por sus afluentes y se lo degusta con su gastronomía elaborada por manos artesanales río adentro y en el continente. Los mejores lugares para comer.

Asado y aventura

Bonanza Deltaventura es un complejo para almorzar un asado y salir a caminar, cabalgar o andar en canoa. La opción vegetariana es hamburguesas veganas de porotos, mijo y arroz yamaní –y recostarse en una hamaca paraguaya a respirar verde–. Queda en una isla del Km 13 del río Carapachay y, al llegar, desde el agua se ve su elegante casona carmesí estilo italiano de 1898, entre árboles de nuez pecán. La anfitriona es Rosana Di Mécola: nos espera con los caballos ensillados para recorrer 3 km de sendero en una típica isla deltaica con forma de plato hondo, hundida en el centro.

Algunos hacen este circuito a pie con guía o en soledad para explorar sus 60 hectáreas. Primero, el pajonal con cortaderas, colonias de paja brava y serruchetas. Luego, un antiguo embalse artificial cubierto de lentejitas y pinitos de agua. Hasta que aparece el monte, una semiselva con lianas, enredaderas y espinales. 

Un largavista pasa de mano en mano para ver el hogar discreto del hornero y la cotidianidad del zorzal. Y el paisaje se abre a la laguna Grande, rodeada de ceibos retorcidos. Bonanza tiene playa y 500 m de costa: hay quien hace un clavado desde el muelle. Hay reposeras, ping-pong, tirolesa, arcos, vóley, juegos infantiles, quincho y vestuario. Almorzar y pasar el día cuesta al cierre de esta edición $ 20.000 ($ 25.000 con actividad guiada). Menores de 10 años, 50 %. Alojamiento doble: $ 45.000. 

Timón Dorado en las islas

En la esquina del arroyo Rompani y el río Sarmiento –15’ de lancha colectiva desde la Estación Fluvial–, Timón Dorado tiene un deck sobre las aguas para comer mirando kayaks, lanchas y yates a la sombra de palmeras y tres sauces con sus lagrimones acariciándonos la cabeza. Hay un sector techado contra el frío o el sol, y nos atienden Romina y Leandro: viven aquí con tres hijos. El fuerte es la pizza a la parrilla, finita y crocante. Cuesta como en cualquier pizzería –sabe mucho mejor que el promedio— y el plus son el río y el arroyo que casi nos rodean, más los senderos para caminar horas explorando barrios en islas conectadas por puentes hasta Tres Bocas: una experiencia muy tigrense.  

Son platos abundantes con lógica de bodegón: de una pizza grande comen tres y la variedad Timón Dorado trae tomates cherries asados, espinacas salteadas con ajo y oliva, y queso brie. Hay quien viene por las empanadas de osobuco braseado con tomate asado y mozarela. Muchos llegan remando en kayak o botes que alquilan en la Estación Fluvial (una hora de remada tranquila).  

Otra especialidad son las pastas caseras: sorrentinos de jamón y muzzarela o ravioles de espinaca y ricota. La salsa Timón tiene espinaca, queso azul y ralladura de limón con concasé de tomate y nuez. Otra muy pedida es la salsa Fruti di mare: langostinos, berberechos y mejillones. El asador de la casa sobresale con su bife de chorizo, y la bondiola braseada con barbacoa y chips de batata frita, o con un simple choripán. Para vegetarianos hay Veggie burguer de lentejas y garbanzos con queso vegano, cebolla caramelizada y mayonesa de zanahoria con pan de salvado. De postres: tiramisú, chocotorta y crumble de manzana. Para refrescarse –rabas mediante–, caipiroskas, daikiris de frutas y limonadas de jengibre, menta y pepino. Advertencia: los pajaritos aterrizan en la mesa de los distraídos y roban hojas de rúcula de la pizza. 

Cierran los lunes. Los domingos de verano, al anochecer, puede haber mucha espera de las lanchas colectivas pero hay lanchas taxi para compartir. En días de semana hay una calma suprema. Precio promedio: entrada y plato principal, $ 15.000 sin bebidas). Hay dos cabañas para pasar la noche.

María Luján, clásico tigrense

En el galante Paseo Victoria con sus aires belle époque –al costado del deslumbrante Museo de Arte Tigre (MAT)– existe desde 2005 el restaurante María Luján, con su perfil de cocina clásica mediterránea. Entramos a un gran cubo de cristal para sentarnos junto al vidrio y ver el río Luján surcado por toda clase de embarcaciones y camalotales como islas flotantes. En un árbol, en la orilla opuesta, siete garzas se asolean en una misma enramada al acecho de algún pez. Almorzamos bajo techo por el aire acondicionado. Otros eligen mesas al aire libre junto al agua, bajo frondosos plátanos en un deck frente a ocho columnas griegas de esta casona señorial de 1890. 

Como entrada pedimos Picoteo de mar: rabas, bocaditos de pescado, mejillones provenzal, camarones al curry con dip de salsa tártara y morrón asado. Y como plato principal optamos por la cazuela risotto María Luján con azafrán, mejillones y langostinos. Otras opciones serían la paella de mariscos, salmón de la huerta, cazuela de lomo y champiñones, pulpo español, lenguado a la crema y limón, y sorrentinos capresse con tomates secos, mozzarella, morrón rojo y verde con espinaca y salsa de oporto con roquefort.  

Las carnes destacan con el bife de chorizo, el ojo de bife y la ternera braseada con cocción lenta –12 horas–, reducción de malbec y especias, acompañada con batatas y papitas asadas. Una opción son los pescados de río –más sabrosos por tener más grasa–, como pacú a la parrilla con vegetales asados (“el lechón de río”) y el surubí. De postre: copa de frutos del bosque y zabaione. Precio promedio: entrada y plato principal ($ 15.000 sin bebidas). Tiene estacionamiento propio.

En Villa La Ñata

En el paraje Villa La Ñata, Dique Luján –se llega en auto o lancha propia–, hay otro polo gastronómico surgido en Tigre a 45’ del centro de CABA. Allí, La Tía Ñata restó grill es un restaurante criollo con impronta isleña. Nos recibe su dueño, Jeremías Ginko, creador del lugar en 2012 con tres amigos: “Sentíamos que faltaba un restaurante con algunos platos distintos, deconstruídos”. 

Nos sentamos en mesas sobre el deck de madera techado en galería, elevado sobre pilotes clavados en el agua del canal Villanueva, que aquí se cruza con el canal García: estamos en una esquina donde confluyen dos afluentes y la sensación es estar en una isla, con la diferencia de que se llega más rápido y cómodamente con el auto, sin depender de horarios ni lanchas. 

Del agua brotan pajonales mecidos por la brisa y una alfombra de camalotes con patos, garzas y nutrias. Como entrada llegan una provoleta a la parrilla, empanadas de boga y un Mix de mar: arroz yamaní con frutos de mar salteados con cebolla. De plato principal opto por una especialidad de la casa, la pesca de río provista por pescadores locales que la traen del Paraná: pacú a la parrilla con gustito a leña y papines andinos (hay también surubí). La Tía Ñata también tiene impronta italiana con pastas caseras como el lingüini con tinta de calamar y frutos de mar. Otras son ravioles de cordero con salsa de malbec (hay salsas de salmón y de langostino) y ñoquis con salsa ragú (pollo, cerdo y ternera).

El parrillero se luce con la entraña ahumada. Para veganos hay arroz yamaní con verduras salteadas al wok y castañas de cajú tostadas. Los postres son clásicos: cheese cake con frutos rojos o maracuyá, marquise de limón, torta Balcarce y tiramisú. Por razones de frío o calor, se puede comer en el área climatizada y hay una zona al aire libre. Los vinos se venden a precio de vinoteca. Por la noche el ambiente se vuelve romántico con luces suaves y velas en la mesa, y en fines de semana suele haber música en vivo muy tranquila. La luna se refleja en el agua y es como estar en un barcito del nordeste de Brasil. Abre todos los días de 9 AM a 12 de la noche. Precio promedio: entrada y plato principal ($ 11.000 sin bebidas). 

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