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El túnel secreto al río

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas". Moglia Ediciones.

La ciudad de Corrientes crecía a ritmo lento, pausado, cansino como parto que viene atrasado. Sus calles sin línea fija de edificación, de tierras barrosas y arenas, marcaban con los yuyales a sus costados, un lugar más de aldea que ciudad. 

Como tal, antigua y perezosa tenía y tiene sus secretos, muchos cementerios para el gusto de los pocos habitantes, bastantes sacerdotes de lugares lejanos que aprovechaban sus recursos naturales, dominicos, mercedarios, jesuitas, franciscanos, etc. formaban un grupo que atesoraba la inteligencia y los libros; pocos laicos tenían autorización para leer, sumado a que muy pocos sabían y escribir menos. 

El edificio de la Iglesia de San Francisco, cuyo patrono es San Antonio de Padua se erigía en la esquina de la hoy avenida Italia y Fray José de la Quintana, el cementerio rodeaba el convento abarcando casi toda la manzana. 

Hábiles constructores los franciscanos, utilizaban la mano de obra de los indios para llevar adelante sus empresas o fábricas.

Como todos estaban sujetos a los ataques de maleantes que bajaban o subían por el río, o lo más común de los indios chaqueños que hacían sus visitas habituales con el fin de llevar bienes y mujeres, cientos de ellas fueron a parar en manos de los denominados infieles desde la perspectiva de la religión católica. Debo expresar que los indios denominaban de la misma manera a los extraños que se apoderaron de sus lugares de pesca y caza. 

Para casos de emergencia los sacerdotes de San Francisco construyeron túneles, sostenidos como aprendieron en Europa por los famosos arcos romanos, de construcciones de siglos anteriores a la existencia de su religión que aún permanecen erguidos. 

Aprendieron a mezclar la arena y la cal, abundante en el denominado Bañado Norte, sumada a la que se traía desde la Reducción de Itatí. Mezclaban una de arena y una de cal, agregándole tierra roja (ferruginosa de las zonas del Pirayuí y Riachuelo) la combinación resistía muy bien. 

Con ese material desde el cementerio Franciscano partía uno de los túneles de escape, casi sobre la barranca del río Paraná en el extremo del cementerio, lo que hoy es la calle Mendoza. Entre tumbas y sembradíos sobresalía 

una bóveda que carecía de ocupantes fenecidos, en ella se corría un cajón de muertos, asomaba una portezuela disimulada con adornos mortuorios. Abierta la misma aparecía una escalera que bajaba unos metros hacia lo profundo, se dirigía al río. La salida al Paraná estaba disimulada con arbustos plantados al efecto; por seguridad una reja forjada en fraguas del convento por sus propios artesanos; cuando crecía el río las aguas invadían el conducto e inclusive algunos frailes pescaban en el lugar. 

El más cuidadoso era Fray Bartolomé, el que vigilaba a sus cofrades imponiéndoles el silencio absoluto del secreto. Por el túnel ingresaban o salían mercaderías, sigilosamente personas, más de uno salvó su vida gracias a la caridad de los sacerdotes. 

Sucedió que una niña de familia patricia se enamoró perdidamente de su primo hermano. Prohibido el amor por el vínculo, Mirta y Francisco atosigados por sus padres, veían la noche caer sobre ellos, fue así que tomaron la decisión de huir, contaban con la complicidad de unos amigos navegantes que se dirigían a la ciudad de Asunción. Fray Bartolomé sabedor del arcano se ofreció a ayudarlos, incluyendo un documento de dispensa matrimonial que les serviría en otro lugar, porque en Corrientes era imposible que los casaran; sus poderosas familias los buscaban hasta con perros. 

La noche cómplice de mil travesuras se cerró de pronto en el cementerio, Fray Bartolomé cargando llaves de hierro forjado condujo entre los espíritus y sus tumbas a los enamorados, abrió la reja que crujía lastimeramente como un presagio. 

Un buque de una vela se acercaba a la costa, había que obrar rápido pues los esbirros de los parientes, rondaban con antorchas las playas. Rápidamente embarcaron y se alejaron, el cielo presagiaba vientos y tormentas, la luna comenzó a esconderse entre negros nubarrones anunciando el escenario poco propicio. El buque inició un baile macabro, se bamboleaba peligrosamente, la pareja se abrazaba en ese mes de junio frío, el miedo comenzó a corroerles el ánimo. El navegante con su ayudante trató de embicar la nave hacia una isla que entre relámpagos se vislumbraba pero no pudo hacerlo, una gran ola pegó a babor (lado izquierdo), el mástil se quebró como una tacuara arrastrando con sus velas mojadas a la nao que dio vuelta campana, los marineros se salvaron refugiándose en la isla entre los matojos y yuyos, la pareja para su desgracia quedó envuelta en la lona de la vela, murieron ahogados, abrazados hasta el final. 

Al día siguiente un pescador recogió a los sobrevivientes, los que interrogados admitieron que trasladaron a los enamorados porque tenían un documento de dispensa sacerdotal. Fray Bartolomé concurrió en su ayuda en el Cabildo de la ciudad. 

En su visita el sacerdote apostrofó a los familiares, que expectantes querían noticias. Al anochecer del mismo día, un buque con el mástil roto arrastrado por la corriente se recostaba mansamente sobre la playa frente al convento, más exactamente frente a la reja cubierta de ramas y enredaderas. 

La autoridad portuaria ayudó en el rescate del buque siniestrado, envueltos en la vela de lona aparecieron los blancos cuerpos de los ahogados, abrazados hasta la eternidad. Los llantos inundaron el aire, los padres con cara de póker observaban a sus mujeres sufrir sin consuelo, valía más el honor que una par de vidas, afirmaban.

Caía la tarde en el atroz escenario, lúgubre, las sombras ocupaban los espacios de luz, de pronto, desde los cuerpos tirados sobre la playa se alzaron nubes blanquecinas y celestes, los espíritus se incorporaron ante el estupor de los presentes. Ambos al unísono apuntaron hacia las familias que quedaron pasmadas; sorpresivamente una voz de doble timbre, varón y mujer o viceversa, expresó: “Nos presentaremos en vuestros sueños, siempre, no descansarán tranquilos, vosotros fuisteis injustos innecesariamente, nuestra tumba les recordará su maldad”. 

Agregaron: “Que en la lápida exprese: `Murieron de amor por culpa de sus padres´, entiérrennos juntos”. 

El sepelio contó con pocos amigos, los familiares no aparecieron. Desde ese momento y hasta su muerte, los responsables desmejoraron, no dormían, veían a sus hijos andar por las galerías de los patios coloniales, soñaban permanentemente con ellos. 

En el lugar donde se hallaba la reja, hoy se alza la costanera, el puerto de Corrientes. 

Antes de la obra de 1930 en adelante, nació allí un sauce llorón y un jazmín del cabo, fue objeto de veneración hasta que el progreso se llevó los recuerdos. 

Cuando el río acelera su corriente en el lugar, emite una música fúnebre que arranca lágrimas a los transeúntes. 

 

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