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Policía muerto en Casa Lagraña

Del libro "Aparecidos, tesoros y leyendas de Corrientes" de Moglia Ediciones.

Quede entendido que no tengo nada contra ningún Lagraña ni contra la casa de Salta esquina Carlos Pellegrini. Es más, la admiro por haber servido como hospital de sangre durante la Guerra del Paraguay, Escuela Normal, Correo Argentino etc., etc. Eso sí, tengo la obligación moral de explicar que los hechos paranormales que ocurren en ese lugar, se deben a que se encuentra en un portal de la ciudad. 

Los antiguos, como da en llamarse a los hombres de generaciones anteriores, previo a habitar un terreno utilizaban, y algunos siguen haciéndolo en este tiempo, a profesionales como rabdomantes (antes era necesario para el pozo de balde), curanderas que captaban las energías positivas o negativas del lugar hasta encontrar el portal de las primeras, allí se construía la casa. 

El asunto en esta casa resultó al revés. Don Lagraña no creía en esas cosas, allá por el 1850 ordenó construir lo que entonces era un palacio, ocupaban habitaciones continuas con largos corredores al norte, este, oeste y sur, una comunicación con el segundo patio, allí se construyeron habitaciones en lo alto, planta baja más primer piso, siguiendo al sur continuaban las caballerizas, depósitos y granja de frutales, hortalizas, animales domésticos, etc. 

Una puerta sobre el límite con la hoy calle Salta comunicaba con el túnel que iba no sabemos a dónde, clausurado por los arquitectos que hicieron una construcción moderna. Por allí rondan espíritus de diversa laya, nadie se atreve a caminar sólo. 

Terminada la obra, el propietario y su familia la ocuparon con grandes fiestas de inauguración, nadie preveía su destino futuro. Como es sabido, la guerra Guazú empañó su existencia, saqueada por los invasores se convirtió en cuartel y hospital de sangre, donde abundaba el dolor y sobraba la muerte. Quedaron pegados a la tierra sangre abundante, rezos no escuchados, dolor inacabable, añoranzas de tiempos mejores, nostalgia de tierra lejana. 

Su destino no cambió cuando se recuperó la ciudad, continuó siendo hospital de sangre como muchas casas de la ciudad, esta vez de brasileros, uruguayos, paraguayos 

aliados, argentinos de otras provincias, repitiéndose la descripción anterior. La muerte bailaba la danza macabra por pasillos y habitaciones, llevaba almas a montones, algunos se quitaban las vendas para aligerar el trámite y dejar de sufrir, su futuro sin piernas o brazos era totalmente incierto. Otros recibían la visita del despenador, el encargado de ayudarlo sin que supiera a pasar al otro barrio, lo drogaba con hierbas diversas, rodeado de sábanas que sostenían las enfermeras para mantener la intimidad el hombre lo degollaba limpiamente, muerte rápida y certera del adormecido paciente. Pueden imaginar el pensamiento de los enfermos que contemplaban la escena, en tono de mojiganga (broma) cuchicheaban: “Chaque la sábana ko”.

El que más o menos se recuperaba conocía su destino, de vuelta al frente de batalla en el Paraguay. 

Ese escenario escabroso, melancólico, triste, degradante se pegó en las paredes, se alojó en las habitaciones, encarnándose en las entrañas de la tierra, pegados a algunos espíritus que nunca abandonaron el sitio, su energía perdida abruptamente reposa en el sitio, no hay portal por donde escapar. 

La familia no la volvió a ocupar. “Demasiada desgracia pesaba allí”, afirmaba la esposa del propietario, “si quieres puedes vivir sólo”. No es cosa de arrugar pero eso no ocurrió, el dueño se quedó con su familia. 

Pasados los años, en tiempos modernos, dos policías de la provincia hacían guardia para evitar el ingreso de extraños. Había muerto un niño al caer al aljibe sin brocal y tenían que evitar otra desgracia. 

La situación se complicaba a la noche, cuando las sombras hostigaban a los guardias, eran los fantasmas mencionados varias veces, un par de amigos que voluntariamente eligieron ese horario porque sus compañeros les ofrecieron la bebida gratis. 

Una noche de luna nueva -la preferida de las brujas-, uno de ellos se despertó a la madrugada casi medio inconsciente por la embriaguez que se alzaron. Ni bien comenzó el turno, no tuvo mejor idea después de orinar en el patio que buscar la correa con la bebida metida en el aljibe para refrescarla, estaba en la operación cuando de pronto sintió una mano oscura que con voz lastimera le expresó: “Convídame chamigo”. 

Los ojos del policía se abrieron de terror, gritó de tal modo que hasta el caú de su compañero se despertó, perdió pié y fue a parar al fondo de la alberca por su peso, golpeó la cabeza de tal manera que se la quebró, murió instantáneamente con la mueca de horror dibujada en su 

cara. El otro que observaba la escena, del susto aflojó los esfínteres, salió corriendo a la calle pidiendo socorro a gritos destemplados, la figura negra lentamente se retiró hacia el fondo perdiéndose en las tinieblas, la casa se cobraba otra víctima. 

En vano fueron y son los ritos religiosos, el lugar mantiene firme y obstinado sus espíritus. El niño y el policía forman parte del nuevo elenco estable de espíritus boyantes del lugar. 

Si deseas una visita guiada, te agradezco, pero no la hago. 

 

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