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/Ellitoral.com.ar/ Cultura

Jonio González o “la sangre del ultraje”

Nació en Buenos Aires en 1954 y vive en Barcelona desde 1983. Con Javier Cófreces creo en 1981 la revista “La Danza del Ratón”. Es autor, entre otros títulos, de Onofrio. Grupo de Poesía Descarnada (con Javier Cófreces y Miguel Gaya); El oro de la república; Muro de máscaras; Últimos poemas de Eunice Cohen; El puente; Ganar el desierto; La invención de los venenos; Historia del visitante y Esbozos y representaciones. Sus últimas traducciones incluyen la antología Poetas norteamericanos en dos siglos y Esperando mi vida, de Linda Pastan (con Rosa Lentini), así como su colaboración en In nomine Auschwitz. Poesía del Holocausto, de Carlos Morales del Coso. 

El asaltante hará un recorrido por las voces vivas de la poesía argentina. Cada poeta nos acercará, además de  poemas, su visión de la poesía.

 

A modo de poética

La escritura de un poema comienza cuando el propio poema lo decide; basta para ello una frase, una idea (el resplandor de la misma), una imagen, que llamarán a otra frase, otra idea, otra imagen en un juego (literalmente) de semejanzas y oposiciones. Dicho juego no necesariamente comenzará al principio del poema, sino que puede indicar, y a menudo indica, el destino al que éste pretende llegar, el camino que recorre para ello. El poema es en sí la descripción de ese camino (aunque no siempre del destino, evasivo a menudo). Por extensión, el libro será el diálogo que distintos textos establecen entre sí, y en el que algunos pueden quedar excluidos. Por lo dicho, en mi opinión es imposible separar la escritura de la "mirada del lector", es decir de la lectura, en la medida en que el poeta compone y al mismo tiempo es testigo, o un lector al que ser autor del texto no le otorga privilegio. La poesía iguala a uno y a otros. 

Ahora bien, para que el poema decida, hemos de estar alerta, alerta a su voz y a cuanto nos convoca: la realidad, lo que de ésta se deduce, el modo, aun inconsciente, en que nos afecta, nos invade, condiciona. Y el modo, también, en que esa invasión, ese condicionamiento determinan la frase, la idea o la imagen de que hablo al comienzo, a menudo introduciendo contradicciones que no siempre acaban por resolverse.

Paul Valéry dice en su Introducción a la poética que en la producción de la obra "la acción entra en contacto con lo indefinible", y añade que esa acción es voluntaria y exige trabajo. Creo también que sin trabajo no hay poema, porque sólo trabajando, explorando, interrogando, alcanzamos a entender su propuesta, la forma que dicha tarea de búsqueda e interpretación va adquiriendo, el acto de definición que a veces revela su objetivo y a veces no, o revela otro objetivo insospechado.

Hay matices, claro, e imagino que son estos los que llevaron a René Char a escribir que "el fruto es ciego; es el árbol quien ve". Creo no obstante que si bien es el árbol quien ve, no siempre es consciente de lo que ve, y que es posible que el fruto sea ciego y por ello tarea del árbol abrirle los ojos y averiguar qué ve, y si las visiones de ambos coinciden. Porque la vida del poema no impide que sea el poeta quien decida recorrer su propio camino y al hacerlo darle forma, pero para ello necesitará, a menudo, a esos frutos ciegos que son ventanas a paisajes esperados o inesperados, pero siempre reveladores.

Jonio González

 

MUESTRARIO MÍNIMO

Colliure

                     a Miguel Gaya

tras dirigir la mirada

hacia los despojos

que ha dejado el cazador

hacia las batallas y traiciones

que han compuesto la única

caligrafía de la historia

¿cómo ignorar la transparencia del dolor

entre un fracaso y el siguiente?

los años recuerdan la sangre del ultraje

con palabras devuelven del exilio 

a los perdedores

y hay quien junto a su tumba

imagina olmos ríos campos de soria

y vislumbra en el sol que declina

la luz de aquella lámpara

de infancia

Reclamo

¿es posible

bajo las aguas del río

ver volar

el ave del destino

pedir lo que comienza

y termina

se pierde

en la fatiga

en la cordura?

no

aunque lo hayas escrito

no ha sido bueno el dolor

ni el querer mal

ni la espera tras la llamada

y la pena o la ira

ante el silencio

bajo las aguas

desnuda y sola

está la queja 

Abel

el pastor conduce a sus ovejas

adonde hay hierba y agua

mientras ellas pacen

él dormita a la sombra de los árboles

y bajo la copa de estos se protege de la lluvia

el labriego se inclina sobre la tierra

levanta la mirada hacia el cielo 

a la espera de la misma lluvia

por la que reza cada noche

recordando tiempos de sequía

si hubiese vuelto la cabeza

hacia mi hermano

si aquel cordero que a punto estuve

de dar en ofrenda

no me hubiese distraído

con su queja

quizá mirándolo a los ojos

le habría hecho comprender

que nuestros caminos

no tenían por qué estar a merced

de la inescrutable voluntad

de quien más cruel es

con quien más asiente

Desagrado

niega la palabra

palabra

no hables de poesía

en el poema

piensa en la singular

necesidad

de quien desmenuza pensamientos

de acuerdo con un orden

imaginario

de quien considera

sus deseos la medida 

de cuanto ha de agradar

niega el poema

en el poema

no reflexiones sobre la rosa

que se oculta a sí misma

en la palabra rosa

Cartas en las esquinas

si vas a escribir sobre el otoño

recuerda que han de caer las hojas

que el viento debe arrastrarlas

si sobre injusticias

adopta una actitud distante

pero como si estuvieses

a punto de pasar a la acción

si sobre los sueños

antes de despertar

procura dejar el mundo

menos desordenado

de lo que lo encontraste

o más

si vas a escribir sobre profetas

que no han sabido distinguir

locura de desesperación

desesperación de ceguera

no lo olvides

    es otoño

        caen las hojas

el viento las arrastra

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