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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Motosierra vs. Rousseau

Van bien las cosas para el presidente de los argentinos. Ha recibido el reconocimiento absoluto en la cumbre de la derecha internacional, aplaudido por los seguidores de Vox en España, recibido con honores por los dueños del capital como Elon Musk y ha logrado resultados económicos que se ajustan a su compromiso electoral de bajar la inflación.

La fotografía muestra un estado de situación ideal para Javier Milei, quien supo hacer realidad los anhelos político-económicos de otros popes liberales que en el pasado lo habían intentado sin éxito. Desde Álvaro Alsogaray con su “hay que pasar el invierno” hasta Celestino Rodrigo con el famoso “Rodrigazo”. Desde José Alfredo Martínez de Hoz con la apertura indiscriminada de importaciones y la liberalización del mercado nacional hasta Mauricio Macri con su prometida y nunca consumada “lluvia de inversiones”.

¿Por qué pudo Milei y los otros cerebros del libremercado no? Porque el pueblo aguanta. Porque la sociedad argentina asimiló y convirtió en propia la idea de que primero hay que saber sufrir, como reza el tango “Naranjo en Flor”. Porque, como ya se dijo, la memoria del pasado reciente repica en el razonamiento de los ajustados para justificar a los ajustadores: “Lo de antes fue peor”.

Y tienen razón los ajustados. En algún momento la moneda iba a caer detrás de la heladera para que otro viniera a desmontar la cocina con herramientas que le permitieran instaurar un nuevo orden que representara una esperanza posiblemente inasible, pero útil para sobrellevar un presente de pesadumbre en los miles de hogares donde hay menos carne y más tortaparrilla, menos leche y más cocido, menos zapatillas y más chancletas.

¿Se justifica el empobrecimiento masivo como medio para conseguir el índice de inflación de un dígito? Para la gente sí, porque el método de la observación que ofrece la ciencia política arroja como resultado una aprobación sorprendente de las masas frente a las decisiones adoptadas por el jefe de Estado desde su asunción. A partir de la devaluación, la disparada de precios y tarifas que todavía no llegaron a su máxima expresión, los resultados indican que la argentinidad tolera.

Hasta el momento, todos los muestreos confeccionados por las más reconocidas consultoras, todos los cuestionarios que se han diseñado para formular las consultas, así como la recolección de datos en el trabajo de campo (realizado en distintos segmentos demográficos), derivaron en el procesamiento de información cuyos resultados han sido difundidos a lo largo de estos meses con un denominador común: la mitad de los ciudadanos aprueba, acepta o por lo menos soporta el plan motosierra y su derivación especulativa, conocida como método licuadora.

A Milei le va bien. Tiene el respaldo de sus gobernados y ni siquiera necesita de la llamada Ley Bases para ejercer el poder en plenitud. De hecho, lo admitió hace pocos días al advertir que su anunciado Pacto de Mayo puede ser en junio o en julio, en razón de que las reformas pergeñadas en el recodo más dogmático de su mente se hallan en estado de latencia, listas para ser aplicadas cuando las fuerzas del cielo así lo permitan.

En este plano de la vida institucional y comunitaria de un país que, como la Argentina, siempre hizo del funcionamiento arbitral, equiparador y distribuidor del Estado una costumbre motivada por el espíritu socialdemócrata del grueso de sus habitantes, cabe preguntarse si al ciudadano tipo le va todo lo bien que imaginó cuando, en la segunda vuelta electoral del año pasado, votó por La Libertad Avanza con un deseo de cambio enancado en una expectativa que concentraba muchas promesas y escasas realidades: dolarización, eliminación de privilegios para la llamada casta política, demolición del Banco Central, reducción de impuestos, eliminación de la burocracia incluso en los cotos cerrados de los amigos del poder como es el caso de los registros del automotor y, por supuesto, baja de la inflación.

De todo eso se cumplió un postulado único, que para el electorado pareciera ser el que realmente importa. La espiral inflacionaria descendió al 8.8 por ciento y continúa con una tendencia a la baja motivada por el peor de los métodos. Porque siempre hay dos maneras de hacer las cosas. Está el camino difícil, que implica la perseverancia, la paciencia, el esfuerzo compartido, así como la firmeza de la autoridad institucional representada por un Estado firme y con la musculatura suficiente para disciplinar a los grupos concentrados de forma tal que retribuyan bajo un sistema impositivo ecuánime los recursos naturales, materiales y humanos que proporciona el país para que puedan producir riqueza.

Y por otro lado está el modo simple, directo y con efecto de corto plazo que consiste en atacar por la base de la pirámide social, que no es otra cosa que licuar los ingresos de los menos pudientes. Jubilados sin capacidad para comprar remedios, trabajadores con sueldos ubicados por debajo de la línea de pobreza, niños malnutridos, enfermos de cáncer condenados a muerte por el encarecimiento astronómico de los tratamientos y el universo de consumidores obligados a disminuir su calidad de vida para que los precios bajen por efecto deflacionario, es decir, por una recesión no solamente provocada, sino profundizada con toda la intención de domar al vampiro dándole de beber sangre amancebada.

En 1743 el pensador Juan Jacobo Rousseau trazó los lineamientos cimentales del Estado moderno con un trabajo de fondo que con el correr de los años se convertiría en el “Contrato Social”, obra cumbre del que es considerado padre ideológico de la Revolución Francesa en razón de que sus ideas generaron un almácigo germinal del cual emanarían las constituciones occidentales y tratados internacionales de plena vigencia como la Convención de los Derechos del Hombre.

¿Por qué aparece el nombre de Rousseau en este párrafo, a esta altura de una columna de actualidad que debería desentrañar las finalidades del más enigmático de los presidentes que han pasado por Balcarce 50? Porque de sus textos se pueden obtener disparadores analíticos para comprender la mansedumbre de una sociedad que, en otros tiempos, por razones equivalentes al actual aplastamiento de la curva salarial, llegó a tomar las calles para reclamar soluciones o para exigir por vías revolucionarias el fin de procesos injustos como el Unicato de Juárez Celman.

En el “Contrato Social” aparece un párrafo que abona la idea de evolución y cambio que los argentinos abrazaron al votar por Milei. Dice así. “Los hombres llegan a un punto en el que los obstáculos que perjudican su conservación en el estado de naturaleza logran vencer la resistencia a la fuerza que cada individuo puede emplear para mantenerse en dicho estado. Desde ese momento el Estado primitivo no puede subsistir y el género humano perecería si no cambiara su manera de ser”.

El estado de naturaleza al que se refiere el padre de la Revolución Francesa es el punto de partida de una sociedad organizada que toma como buenos, positivos y constructivos a todos sus integrantes, en la convicción de que ningún hombre nace malvado sino que se corrompe en la medida que inmersiona en la interacción con los demás. Allí el pensamiento de Rousseau se divorcia del cambio protagonizado por la Argentina en el ballotage, pues advierte: sin un acuerdo de partes en el que todos los particulares asuman el compromiso de resignar la voluntad individual para someterse a la voluntad general, el destino de la humanidad iría en franco descenso hacia los abismo de la extinción.

Frente a esa desolación preanunciada, “el ser humano no tiene más remedio que formar por agregación una suma de fuerzas que pueda obrar en armonía, la que nacerá del concurso de muchos, a partir de la libertad de cada hombre”. La propuesta de Rousseau es desafiante, pero irrefrenablemente seductora en razón de que propone una participación igualitaria de los ciudadanos en las protecciones y amparos que pueda proporcionar el Estado sin que ello implique perder un ápice de libertad.

Ante tamaña magnanimidad filosófica, la libertad tan declamada por el presidente Javier Milei queda reducida a un devaluado efecto placebo con meros fundamentos marketineros que se desarticulan por completo cada vez que reacciona con furia (y con memes tan mentirosos como injuriantes) contra aquellos que lo critican. La libertad russoniana supera por un abismo la lógica libertaria del anarcocapitalismo.

Veamos: dice Rousseau que “para respetar la libertad de cada individuo hay que encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda fuerza común a las personas y a los bienes de cada una de ellas y por virtud de la cual cada una, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y quede tan libre como antes”.

Tal es el contrato social, una dimensión de convivencia que ha regido hasta nuestros días bajo un principio de representación democrática que consiste en una consigna tan simple como es la de enajenar libertad para recobrarla en dimensiones equivalentes, purificada y reorganizada por un esquema de equidad que, en algún momento, los empobrecidos por la motosierra comenzarán a añorar.

 

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