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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

La banalización de la locura

“Soy el divulgador de las ideas de la libertad, además ejerzo casi provisionalmente la función de jefe de Estado”

Javier Milei, en el acto de Vox

                   Si le pidieran a Ud. un número sobre el porcentaje de argentinos que aplauden el comportamiento de nuestro Presidente en España, que ya ha generado un conflicto diplomático, ¿qué número daría? Seguramente lo pensaría, estaría en duda ante tamaño interrogante.

                   Yo le puedo contestar con seguridad, sin titubeos, casi sin dudas: el 50% de los conciudadanos están contentos con la conducta temeraria de Milei, sus descalificaciones a la esposa del presidente de España, insultos al partido gobernante, la intromisión prohibida de un mandatario extranjero en los asuntos de gobierno del país anfitrión, catarata de tuits, retuits y posteos (más de mil en sólo el domingo), redoblando la apuesta de la más baja calaña verbal.

                   No es Javier Milei persona del que hablamos, es el presidente de una nación que se llama Argentina, con la obligación de observar, aunque más no sea, las elementales formas civilizadas cuando se encuentra de visita en otro país, no ya las reglas diplomáticas que son más exigentes y que obligan con mayor rigor al debido comportamiento.

                   “Aguante el león”, “pegue peluca, pegue”, “no afloje mi presidente”, “Ud. puede desalojar del mundo a los corruptos”, “los zurdos al paredón”, y cosas por el estilo parecen escucharse desde los tablones de la hinchada propia, mientras, con su cabello al viento y una sonrisa de oreja a oreja, el destinatario deja caer su baba de satisfacción.

                   Se repite en el exterior los despistes que Milei tiene en su propio país, insultos a políticos, gobernantes, legisladores, periodistas, actores, y cuánta persona se atreva a disentir con sus ideas. Sus colaboradores tienen una muletilla de respuesta: “así es él”, una manera de expresar la impotencia ante la permanente desmesura del presidente.

                   ¿Es que de golpe los argentinos hemos perdido la noción de lo mínimo indispensable que debe exigirse a un representante? ¿Es tolerable el comportamiento psicopático del más alto funcionario de la nación, tanto en tierra propia como en el extranjero? ¿Debemos aceptar los ciudadanos el papel de corifeos de la locura?

                   Es que fue tanto el daño hecho por el kirchnerismo, que comenzamos a normalizar todo aquello que está mal con tal de hundir al odiado adversario político en el pozo más profundo. Y por ello, ingresamos en la normalización de la locura.

                   Cuando Hannah Arendt se refiere a “la banalidad del mal”, no lo hace en términos únicamente calificativos, sino también en la construcción de un poder totalitario que induce a las personas a aceptar como normales las reglas de la crueldad (en la Alemania nazi). Trivializar el mal es la consecuencia más nefasta.

                   Sin que ello signifique una comparación moral, temo que en nuestro país estamos en presencia de la “banalización de la locura”, una manera de restarle importancia al derrape emocional del insulto, el destrato, la descalificación, el comportamiento errático, de la más alta autoridad del país. 

                   Somos hoy un país que se ha internado en el camino de la trivialización del desequilibrio, y la aceptación casi acrítica de las consecuencias que las inconductas del primer mandatario van dejando como estela de una espuma pestilente a su paso.

                   Un individuo para el que su cargo presidencial es secundario, por detrás de su autopromocionado liderazgo ultraderechista,  que va por el mundo sin representar a su país, sin gestionar acuerdos que mejoren la vida de sus habitantes, que actúa como el sheriff libertario del orbe, que participa y se compromete en reuniones de ultras, dónde su importancia no radica, paradójicamene en la calidad de sus ideas sino en el alto cargo que ostenta, es cualquier cosa menos un presidente.

                   La Argentina sigue recorriendo los bordes del abismo, necesita que su timonel se aferre fuertemente al timón, pose su vista en el oleaje que amenaza la estabilidad de la nave, recorra cada parte del barco para saber el estado de la misma y el ánimo de sus tripulantes.

                   De todos los viajes internos de Milei, sólo uno fue en su carácter de presidente, en todos los otros fue a participar en reuniones de amigos ideológicos. No recorre el país como presidente, no está cerca de los problemas. Para él es mejor presentar un libro, de dudoso valor intelectual, que ver de primera mano el estado de sus habitantes.

                   Un solo viaje en el país y uno sólo en el exterior hizo Milei en su carácter de presidente de la nación, los otros fueron ostentando su condición de nuevo rock star de la ultraderecha: “Soy el máximo exponente de la Libertad a nivel mundial. Estoy en otra liga”, dijo entusiasmado.

                    Obviamente todos, los públicos y los privados, fueron con las aeronaves del estado, y con los gastos pagos por el mismo estado que quiere jibarizar. Corrientes fue un botón del amplio muestrario.

                   Luego lo tiene a Adorni, que es capaz de sacar cualquier conejo de la galera con tal de cubrir a su jefe, en el caso del viaje a España una reunión con empresarios, a la que no fueron ninguno de los importantes, y los presentes se representaron por sus segundas o terceras líneas.

                   Pero, ¿sacamos algún beneficio de inversiones en nuestro país producto de la visita? No, lo que sacamos es un conflicto diplomático, que comienza a escalar con el redoble patotero de las apuestas de ambos lados. Por lo pronto, el Palacio de la Moncloa llamó a su embajadora en nuestro país, que en términos diplomáticos significa el medio camino hacia un rompimiento de relaciones.

                   Estamos banalizando la locura, con el inmenso potencial de daño que ello tiene. Mientras tanto, la Argentina comienza a destacarse en el resto del mundo como la exportadora más importante de la ira política.

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