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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

No se trata solamente de paciencia

Con la espera de los tiempos, la ansiedad crece. El tiempo se hace eterno. Los planes, las razones por el cual vivir, tienen que ser modificados. Se van corriendo los plazos.

Es una eternidad, la espera que agota paciencias va empujando todo lo soñado. Hemos comenzado una nueva cuenta. Es producto de la esperanza que crece a pesar de todo. 

En el ámbito más inhóspito. Ya no importa en ese límite conmovernos por el contrincante. Eso es lo malo, que crecemos en arrojo, no importa saber cómo pensamos si las urgencias ahogan los proyectos y hasta con qué límite de bronca administraremos las rabias.

Los argentinos hemos sido una prueba constante de opiniones abiertamente encontradas, con breves gobiernos que hicieron lo correcto, pero los espantábamos corriéndolos de escena. Porque somos como el aceite y el agua, jamás mezclados.

Así estamos. Así llegamos. Es un milagro con tantos proyectos apilados, repetidos o vueltos a comenzar, que uno se pregunta cómo nos fue posible llegar hasta aquí.

Somos como anónimos gladiadores, desgarrados después de la contienda que ha durado toda una vida. El plan de shock para poner contención no solo impactó en males endémicos, sino que a la población de abajo donde crecimos, nos ha dejados hechos flecos su onda expansiva.

Les hemos dado un cheque en blanco cansados de esperar, porque la viveza sin límite, el desorden, la falta de disciplina, la política prebendaria, la injusticia, la delincuencia en creciente, volteó el país que como tal conocimos.

Esa consecuencia de delegación conferida como única vía posible, conlleva el castigo de hartarnos por más de lo mismo, la inseguridad sin contención, la clausura de un futuro por delante acostumbrados a soñar, pero cansados porque la vigilia ha sido mucho más de la cuenta.

Poner en movimiento los engranajes de un país nuevo, pero nuevo en serio. No, más de lo mismo, sino del trabajo y del respeto. Porque no se trata solamente de paciencia, sino de conciencia.

Nunca tanta bronca. Nunca tan desprovistos de solidaridad. Afecto y respeto por el otro, nadie se pone en el lugar de los desclasados indigentes.

Es cierto todo ha sido muy reciente en su desenlace, pero cuando se espera por haber agotado ya una vida, el tiempo vuela a prisa, todo se hace largo, extenuante, pero ojo recién estamos comenzando esta restauración que llevará tanto tiempo o igual al que los mayores aguardamos en vano desahuciados.

Me ha tocado ser testigo, cuando un abuelo en la farmacia preguntó cuánto sumaba su receta, la respuesta no se hizo esperar calculadora en mano; con ojitos cómplices como para poner humor donde no lo había, dijo: “Gracias”, y socarronamente para agregarle un clima más cálido, agregó, “antes prefiero comer”. 

Ante la tristeza de quienes fuimos testigos, el abuelo sin perder dignidad, ni orgullo por ser sincero y desposeído, remató altivo: “Que tengan buenos días..!”

Y, se fue nomás receta en mano, porque de lo contrario ya no sería solamente él el afectado, sino que su familia no comería, y el todo es mucho más importante, siempre, cuando acucia el afecto. Era un argentino más. Uno de los muchos que desandan las calles de la vida, y que siendo desposeídos decidieron no obstante el ajuste, con la consecuencia aplastante para los bolsillos.

Argentinos, que como todos, nos preguntamos: Qué nos pasó..? Por qué caímos tan bajo..? Hoy, cuando las diferencias no son disimuladas, saltan a la vista separándonos como vallas inexpugnables. 

Es el balance de las malas políticas, personalistas que piensan únicamente en el candidato, en el  obligado beso proselitista, jamás dispuestos a achicar ni romper la red de privilegios en desmedro del otro.

Uno que ha vivido conoció tiempos mejores, si bien períodos breves como todos los logros argentinos, de corto vuelo, pero demostrándonos de cuánto somos capaces, del talento que poseemos y que sin embargo no reaccionamos, de construir una república que nos represente demostrando que poseemos valores y que debemos ponerlos en práctica más regularmente.

He sido admirador, en su momento le hice nota, y siempre ponderé su vocación sacerdotal al verdadero servicio del prójimo. El campechano, Padre Luis Farinello, desempeñándose mucho tiempo como cura párroco de la Iglesia “Nuestra Señora de Luján”, de Quilmes, Buenos Aires, escribió un libro que tituló “La Mesa Vacía. Desocupación y pobreza en la Argentina”.

En una de sus páginas proclama, lo que vendrá: “Que no va a terminar así, estoy seguro que no va a terminar así. Estoy requeteconvencido, estoy segurísimo. Pero ¿cómo se va a dar esa otra esperanza nueva..? ¿Qué nombre tendrá..? No sé, pero sí creo que habrá valores de solidaridad, de respeto, de ilusión, de alegría.”

“Sería bueno que no nos toque la muerte sin ver una luz que refleje la realización de nuestra esperanza.”

Tenemos memoria acaso de que las oportunidades alguna vez se acaban, bajan las persianas vedándonos el libre paso ante tantos amagos, sin convicciones, con errores repetidos, mostrando la hilacha, que como la baja política va saltando muros, en un autoengaño cuya factura la estamos pagando.

La esperanza debe ser acompañada por la acción. Poner en movimiento los engranajes de un país nuevo, pero nuevo en serio. No, más de lo mismo, sino del trabajo y del respeto. Porque no se trata solamente de paciencia, sino de conciencia.

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