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Aparecido en San Carlos

Moglia Ediciones. Del libro "Aparecidos, tesoros y leyendas de Corrientes".

El hombre enviaba mensajes a la radio, quería contar sobre sus sobrinos lobizones hasta daba nombres y apellidos, juraba y rejuraba que los veía convertirse en perros grandes. Me entró la duda y me puse a investigar sobre el particular en ese territorio correntino que fue de antes, nos sacaron y luego nos devolvieron desde la Nación, así siempre fue en Corrientes la injusticia para estas tierras de patriotas constitucionalistas, San Carlos, pegadito a Misiones. 

Investigaciones básicas me hicieron saber que había bronca entre la parentela, entonces el más letrado encontró el camino para convertir a sus sobrinos en lobizones, agrego que no creo ni dejo de creer, establecida la duda que él diga los nombres, demás detalles yo por si acaso no me meto, si no lo son me dan una paliza y si son ahí te quiero ver de qué me disfrazo. 

Rastreando la cuestión me encontré si con un fenómeno paranormal aceptable, que les voy a narrar. 

Una mujer muy bonita venida de Polonia con las corrientes inmigratorias de fines del siglo XIX, se instaló con otros en San Carlos Corrientes, allí formó su hogar con otro connacional, hombre trabajador, honesto. Levantaron un rancho como sabían hacerlo en las lejanas tierras europeas, cavaron un pozo para proveerse de agua potable con la ayuda de otros inmigrantes, con sus propias manos pidiéndole al monte prestados algunos árboles con la promesa de reponerlos, fabricaron cercos de madera, bateas, gallinero, abrieron surcos en la tierra con arado de hierro para cultivar sus alimentos, un depósito para conservar reservas para las épocas malas, ellos sabían de eso, el hambre los empujó a estos lugares paradisíacos. 

La vida transcurría alegremente Erika se llamaba la gringa que sobresalía por su belleza, sus ojos azules semejaban el mar que atravesaron, de su relación con Petrov 

nació un hijo al que llamaron Enrique, en castellano. Su lenguaje era dual el originario de su patria lejana y el de su patria nueva, cerca del río Aguapey. 

Todo marchaba bien en la pareja, el niño crecía en la comunidad como tantos otros, felices con el monte y el río, pero acechaba la desgracia, la envidia, poderoso veneno fue carcomiendo algunas voluntades, no sólo de algunos hombres, especialmente de las mujeres que veían danzar a Erika en las fiestas comunales con la gracia y donaire de la gente feliz, su esposo de humilde vestimenta al igual que ella se sentía el afortunado del compás musical. 

Desafortunadamente se desató una peste en todo el país nuevo, tos convulsa, corrían los primeros años del nuevo siglo XX. 

Erika de experiencia con remedios gracias a la profesión de su madre, que dejó sus huesos en la vieja Polonia como enfermera, le enseñó cuestiones básicas, higiene, yuyos viejos y nuevos, algunos remedios que se conseguían en la farmacia del pueblo, comenzó su ardua tarea de explicar a los vecinos los precarios métodos de lucha contra el mal, evitar el contagio, alejar a los niños, colgarle bolsitas del cuello con yuyos y alcanfor, bañarlos. 

Eso motivó el designio de los malditos, quién se creía la gringa para decirles que tenían que bañarse o como curarse, para eso cada uno tenía su plan. Error grave, propagó la peste, murieron muchos chicos entre ellos el querido Enrique, la muerte hizo una gran cosecha. La caldera de odios y rencores se volcaron hacia “la doctora” que no fue escuchada, decidieron castigarla, sus hombres la esperaron a la vera del camino escarpado rodeado de montes, la violaron repetidas veces, la golpearon, no hubo imploración que valga. 

Como pudo llegó a su casa hecha harapos, su marido recibió el último golpe después de la muerte de su hijo, no aguantó la afrenta, nada podía hacer, era hombre de paz, lentamente se dirigió a la esposa la ayudó a higienizarse, la curó de sus heridas, la acunó como a una bebé hasta dejarla dormida, tomó una cuerda, del palo de un árbol se colgó, rápida fue su muerte. Erika a la madrugada despertó llamando a su esposo, no lo encontró, temió lo peor pensando que fuera a buscar venganza, al darse vuelta contempló impávida el cuerpo de su querido Petrov, no dudó un instante, corrió con un cuchillo y cortó la cuerda, el cadáver sonó seco sobre el suelo, con sus propias manos cavó una tumba al lado de la de su hijo, luego cavó otra, se puso su mejor vestido negro, se ató el pelo rubio que le caía hasta la cintura. 

Dejó escrita una carta con letra clara donde nombraba uno a uno a los perpetradores, los maldecía al igual que a sus mujeres, cual hechicera maléfica, no entendía de dónde emergían esas palabras hirientes y obscenas, solo la pluma corría sola sobre el papel de hilo. Dejó sobre la mesa, apagó el candil, en la penumbra tomó un frasco de veneno, se acostó en el foso al lado de los suyos, bebió el veneno hasta no dejar una gota, la muerte corrió apresurada con su guadaña a llevarla, algunos dicen que estuvieron observando que vieron una sombra con una guadaña que lloraba ante su tumba. 

El escándalo se desató, los cobardes negaron todo apoyados por sus esposas, la justicia injusta hizo lo suyo, acá no pasó nada, no sabían cuánto se equivocaban. 

El puente de madera para cruzar el arroyo cercano, cerca de la Tapera del Guayacán, antigua casa de Erika es uno de los lugares en que los malditos en la tierra reciben la visita del espectro del fantasma de la víctima, desde ese día los victimarios no durmieron una sola noche tranquilos, San Carlos se convirtió en un infierno, sus mujeres no podían ni entrar a la iglesia, el fantasma las esperaba mostrando fauces grotescas, pero el peor castigo estaba en que ni siquiera podían realizar el amor, Erika aparecía en su cama desnuda en todo su esplendor, arruinaba la fiesta. Otros se alejaron a otros pueblos, llevaron puesto el fantasma. 

El peor castigo estaba en los niños inocentes, éstos no pagarían por sus padres serían un medio, la mujer de negro les aparecía con dulces palabras mostraba su mejor sonrisa y les enseñaba poesías, cuentos en cualquier lugar que estuvieran, los aterrados padres no sabían qué hacer, algunos arrepentidos acudieron a los sacerdotes para expiar sus pecados, nada dio resultado, la dama de negro de 

la Tapera del Guayacán se mantuvo vigente, vio morir mal a casi todos los criminales, revolcándose en sus lechos o lugar donde la muerte los alcanzaba. 

Continúa apareciendo a algunos de los retoños que en su crecimiento, heredaron las maldades de sus progenitores, algunos se reforman otros sufren el acoso del espíritu justiciero de San Carlos. 

Cuidado chamigo con la mujer de la Tapera del Guayacán, ella ve y sabe de tu conducta.

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