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/Ellitoral.com.ar/ Especiales

La tragedia de Itacumbú

Por Miguel Angel R. Villalba. * Especial para El Litoral.

n Son las 17 horas del domingo 9 de enero de 1938. Es un día  de fiesta en Paso de los Libres y Uruguaiana. Durante la jornada los presidentes Getulio Vargas de Brasil y Agustín P. Justo de Argentina, habían dejado inaugurados en ambas orillas del río Uruguay los monolitos -sendos cubos de piedra de 4 mts. de alto y  80 cmts. por lado- que constituyen las  cabeceras del futuro puente que enlazaría ambas ciudades,  cuya construcción por ese acto  comprometían. Y que llevaría sus nombres.  Las sendas ceremonias,  sencillas, fueron acompañadas de gran cantidad de público y festejadas por los firmantes y respectivas comitivas,  con un almuerzo ofrecido por Getulio Vargas en Uruguaiana que Justo  retribuyera en primeras horas de la tarde con  un lunch en el Casino del Ejército 11º de Caballería de la localidad correntina.  

Un cielo de amenazantes nubes negras cubre esa tarde el desplazamiento del cortejo argentino hasta el Aeródromo, en las afueras de la ciudad, donde  todo está preparado para regresar a la Capital. Conforme   acuerdo  previo, el Presidente, que arribara en el avión del ejército, retornaría en el de la Marina.   Momentos antes se habían recibido los últimos partes meteorológicos.

 Arribada la comitiva presidencial, Justo es informado de los inconvenientes que pueden surgir  en el vuelo, a raíz del temporal que se ha desatado en la zona. ”La respuesta es breve, cortante: “Lo que deseo saber es si podemos  o no podemos, partir”. La réplica, también. “Podemos partir, Señor”. Eran las 17.15. “Vamos, entonces”, ordena el Primer Magistrado, al tiempo que se acomoda en el asiento reservado en el Lockheed MM1 de la Marina. (01). 

El Jefe de la Casa Militar, Cnel. Abraham  Schweizer, el  Tte. Cnel. Posadas, edecán presidencial y el Tte. Cnel. Berardo, Jefe del I° de Artillería,  quienes, según  protocolo, viajan con el presidente, se han demorado circunstancialmente. El tiempo apremia, pues el temporal se ha extendido ya por una vasta zona del trayecto, decidiéndose cubrir el pasaje con el Cnel. Kelso y el Cap. de Fragata Schak, disponiéndose que los retrasados, en la emergencia, viajen en el avión del Ejército, piloteado por el Tte. Cnel. José F. Bergamini. Rugen  motores. Los aviones despegan. Quince minutos después lo sigue el Loockheed  B12 del Ejército, para unirse a la escuadrilla. Para entonces, una fuerte tormenta acompañada de un viento huracanado barría la ruta aérea. 

Mas tarde los ocho aparatos -2 con las autoridades y 6 escoltas-,  sobrevolaban Monte Caseros,  ciudad natal de piloto Bergamini, cuando éste  se vé forzado a separar su avión de la formación debido a que la tempestad desatada y la poca visibilidad reinante, tornaban peligroso  el vuelo de los aparatos muy próximos unos de otros.

“El Tte. de Navío Adolfo Vacca, piloto del avión que conduce al Presidente, enfrenta la tormenta. Toma más altura, vira al Este, luego al Oeste y baja hasta ver otra vez brillar el sol sobre la campiña entrerriana”. Las muy malas condiciones meteorológicas lo obligaron a aterrizar en zonas rurales para poder ubicarse, aunque solo al pasar por encima de la Basílica de Luján y reconocer sus torres pudo encontrar el rumbo de regreso. “El arribo al Palomar, en Buenos Aires, se realiza sin inconvenientes, a las 19.45 horas. Antes, al fin de la tarde  habían aterrizado los Seis Curtiss Hawk III de  la escolta. Se espera ahora el arribo del LoockheedB12 de Bergamini”, cuyo pasaje integra Eduardo,  de 27 años, hijo menor del presidente. 

A bordo del “Loockheed” atrasado,  su radiotelegrafista Sgto 1° León Rosa Castillo, consigue enviar un radio: “Vamos en este momento luchando con tremenda tormenta”. Sería el último que cursara. 

Itacumbù, 

Tomás Gomensoro, Uruguay    

El paraje se denomina Itacumbù. Según el erudito Secundino Ponce de León, es una palabra que pertenece a la lengua avá hablada por los charrúas y conservada con relativa pureza en el territorio. Significa “piedra que revienta”. Abundan en la zona, exhibiendo su interior de piedras semipreciosas. 

El Vicecónsul de Brasil en Artigas (UY), don José Abelleira, el primero en arribar al lugar, recogió informes de residentes que describieron el desastre desde el momento en que el avión intentaba superar el temporal y luego vieron como “una llamarada bajaba del cielo para incrustarse en la tierra” .  Los peones de una estancia vecina (la “Arralde”, del otro lado del Itacumbú) esa tarde de domingo, cuando reunían  ovejas debajo del fuertísimo temporal,  divisaron los  destrozos,  tan esparcidos que pensaron  se trataba de mas de una aeronave. Alertado el capataz, y quizá por su orden, uno de ellos, Felipe Olivera, superando el obstáculo que planteaba el río fuera de madre, consiguió  llegarse a la localidad de Tomás Gomensoro, distante dos leguas aproximadamente,  dando cuenta en la Comisaría de lo sucedido. Era alrededor de las 20 hs. 

Inmediatamente el Comisario comunicó  la infausta  nueva a los pueblos de la zona y, sobre todo, a las autoridades de Montevideo. Enterados los vecinos de la misma Gomenzoro y en Bella Unión y Salto, se organizaron grupos espontáneos de rescate, que de modo diverso, trataron de llegarse al sitio de la catástrofe. La actitud fue imitada por algunos residentes en Monte Caseros, que intentaron alcanzar el lugar por el río,  esfuerzo que resultó infructuoso, debido a los vientos y  la lluvia intermitente.

Mientras, en Paso de los Libres, a esa hora, ignorando lo ocurrido,  se iniciaba el gran baile ofrecido por la Comisión de Recepción en el club Progreso.

En los primeros minutos del lunes 10 se reciben en Buenos Aires, por vía de Montevideo, despachos originados  en Artigas,  que denunciaban el siniestro de un avión del Ejército Argentino. Las autoridades porteñas reclaman vanamente precisiones. La tormenta de lluvia  y viento había interrumpido, desde las 22 hs. las comunicaciones telefónicas  con la ciudad norteña. (A las 3 de la mañana, la Secretaría de la Presidencia informó a United Press que creía que el aparato caído en proximidades de la frontera uruguayo- brasileña, estaba destruido omitiendo cualquier dato sobre la suerte de sus tripulantes. 

En Montevideo se organizó el auxilio desde el aeródromo “Cap. Boiso Lanza”. A la madrugada, (5.50 hs.) despegan cuatro aparatos militares, Un “Stinson”,  un “Dragon Rapide”, sanitario, con 4 camillas y  dos  biplanos “Potez”, de observación, munidos de  radio, en procura de los accidentados.

 El vuelo hasta Tomás Gomenzoro, se efectúa volando bajo con fuerte viento y lluvia. Según el plan trazado, los “Potez” debían ubicar el sitio del accidente. A las 7.55 las aeronaves llegaron al Salto, continuando uno de los Potez de reconocimiento hasta Tomás Gomenzoro, donde le informaron de  la ubicación del aparato siniestrado. Prevenido el piloto Conrado Artigas Sáez (ó Sáenz), voló de inmediato, en el Stinson, al lugar indicado. Encontró los restos y constató la ausencia de sobrevivientes. El Lookheed era un montón de hierros retorcidos. La cola estaba sumergida en el arroyo Itacumbú y sobre la orilla se alargaba  el fuselaje destrozado. Al mediodía arribaron grupos de rescate, sorteando mil dificultades. Las aguas lo “inundaban todo”. El arroyo Itacumbú en su encuentro con el Zanga Honda tenìan  por esas horas una “largura de 3 kilómetros”. Un audaz, Tito Techeira superó  a nado el Itacumbú, procurando encontrar y ayudar a  algún eventual sobreviviente. El gobierno argentino, poco después,  a modo de agradecimiento por el noble gesto, le obsequió con un apero completo y le regaló pasajes para conocer Argentina. 

Al final de la mañana del 10, los aviones de socorro uruguayo enviaron mensajes: “Encontrado el avión completamente destrozado. Hay Víctimas”. ”Avisté cadáveres entre los destrozos. Imposible identificarlos”, aseguraba el segundo, mensajes corroborados por aparatos argentinos provenientes de la base de Paraná que  sobrevolaron  el local de la catástrofe. (08) 

Buenos Aires recibe la triste nueva recién a las 15 hs. de ese día. “Con entereza ejemplar el General Justo recibió la noticia en su despacho de la casa de Gobierno”,  reseña la crónica (09). Por la noche, a las 22 hs, parte  de la estación Lacroze un tren especial, conduciendo a familiares de las víctimas que arribará a Monte Caseros  el 11, a las 19 hs. (10) El tren presidencial, con el General Justo, lo sigue horas después. 

Conocida la tragedia, desde Paso de los Libres, se dispone el inmediato envío a Monte Caseros, adonde trasladaron en principio los restos, de una delegación oficial para asistir a las exequias.

El diligente Abelleira  informó después que “apenas dos cuerpos eran reconocibles, los  de Eduardo Justo y  Bergamini. Otras fuentes agregan un tercero. El de Posadas. Entre los objetos esparcidos en el lugar, se encontró  una tarjeta con la frase “A Eduardo Justo, Getulio Vargas”, asociada seguramente con algún obsequio del presidente brasilero, que no fue hallado, pero sirvió “para identificar al hijo del Presidente, entre las víctimas”,(11) La hora del desastre podría precisarse por los relojes pulsera que portaban las víctimas, dos de los cuales tenían las manecillas detenidas  a las 17.45 y  17.50, respectivamente.

 El 14 de enero la ciudad de Buenos Aires, que ha recibido acongojada los restos, trasladados por ferrocarril y escoltados por aviones uruguayos que  sobrevolaron el trayecto, los acompañó hasta su última morada.  Desde entonces, en el solitario paraje, un monumento  con  “una blanca cruz con los escudos argentino y uruguayo, vela la paz eterna de los nueve hombres cuyos nombres aparecen grabados al pie: Abraham Schweizer, Antonio Berardo, Firmo Horacio Posadas, José F. Bergamini, Juan Orsenich, Oreschink u Oresnick, Víctor V. Vergani,  Eduardo Justo, Victorio Liverato, Leveratto ó Laveratto  y León Rosa Castillo. Esa cristiana cruz y el recuerdo es todo lo que queda de la tragedia”. 

Debe destacarse que el monumento construido en recuerdo de los caídos e inaugurado al año siguiente de la tragedia,   se halla emplazado  en el cruce de la Ruta 3 y  Camino a Cabello, que no es precisamente el lugar del hecho, que ocurrió, como vimos,  del otro lado del Itacumbú, en los campos de Norberto Arralde. 

*Historiador.

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