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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

El diario de Yrigoyen, el index trucho y el Jumbobo

“Esta cuenta es un experimento social. Nunca analizó precios, ni existió ningún bot que siguiera los productos de Jumbo”

JUMBOT @Bot_Jumbo

                   Mileístas, antimileístas, equidistantes, bah¡, argentinos en general, suponemos que en el gobierno están los mejores, técnicamente hablando, o que tienen el poder y el dinero suficiente para contratar a los expertos en cada área, más aún si ésta es la económica, en la que suficientes yerros e inconsistencias hemos tenido y que nos han traído hasta este dramático presente.

                   Es cierto, la economía no es una ciencia exacta sino social, pero así como digo éso, también digo que sus parámetros son mensurables, y que deben tener una metodología y resultados compatibles con la realidad.

                   Si yo mido la inflación o el desempleo, lo hago en función de una metodología científica, y deben arrojar resultados con un alto grado de certeza y credibilidad, especialmente si los mismos son elaborados por el gobierno.

                   Pero, la historia argentina, cuando no, nos suministra elementos que contradicen esta afirmación que parece simple. Es la más alta conducción estatal la que, en algunas ocasiones, indujo a la sociedad a confusiones producto de datos falsos publicitados dolosamente para acercar agua para su propio molino.

                   Aunque no tienen el mismo alcance, ni técnico ni ético, se me ocurren dos ejemplos para graficar las inconsistencias de los altos mandos del poder.

                   No está probado ni mucho menos, pero se dice que al presidente Hipólito Irigoyen, a fines de la década de los años veinte, sus colaboradores le preparaban ejemplares “especiales” con buenas noticias, que el devenir histórico dio en llamar “el diario de Irigoyen”, para graficar buenas pero falsas noticias. Es como un autoengaño.

                   Ochenta años después, con objetivos más claros de distorsión, la información fraudulenta se instaló en el organismo del estado que se suponía, era el lugar fiable para las estadísticas: el INDEC, el de Moreno, que durante más de un lustro, sobre todo en el segundo gobierno de Cristina, manipuló los números de la inflación, del desempleo, de la pobreza y de tantos más, para presentar un mundo mágico que la realidad desmentía.

                   Se trató, ni más ni menos, de la estafa más grande del estado en perjuicio de la credibilidad pública, que no sólo tuvo su impacto en el aspecto anímico de la gente, sino que hizo estragos en las estadísticas públicas que servían de base para acciones de diverso tipo. Ello no fue gratis, nos costó a los argentinos miles de millones de pesos en juicios que se promovieron por tales falsedades, que generaron perjuicios en los negocios de mundo real.

                   ¿Y ahora, en pleno 2024? Ahora, pues, apareció una nueva modalidad en la difusión de datos falsos, quizás menos organizada, aunque sí igualmente repudiable éticamente hablando, o por lo menos de una mala praxis que linda con lo infantil.

                   El presidente de un país no tiene la obligación de ser un técnico en la ciencia económica. No le podemos pedir eso a Javier Milei, aunque él se pavonee con sus pretendidos conocimientos en la materia.

                   A esta altura, poco importa que el presidente sea un economista, bueno, mediocre o malo. Lo que importa es que su palabra sea creíble, ya sea en el campo de la economía, de la política exterior, de la seguridad, de la educación.

                    Es cierto que escribió algunos libros, también que fue acusado varias veces de haber plagiado textos de otros autores, pero eso no es lo que ahora juzgamos. Lo que analizamos hoy, es la credibilidad de su palabra, la fiabilidad de sus dichos, la confianza en los números que expone.      

                   No nos interesa el Milei economista, sino el Milei presidente. El libertario siempre fue afecto a tirar números casi a la marchanta, grandes números, con el objeto de condicionar la opinión de sus connacionales.

                   Pues bien, ahora la necesidad gubernamental de comenzar a mostrar la luz al final del camino, o esos indispensables brotes verdes que abonen la sostenibilidad de su ajuste a hachazos, lo hizo entusiasmarse. Con una mueca de evidente satisfacción, lanzó en el programa de Fantino que en la última semana de marzo hubo “deflación” en materia de alimentos, es decir que éstos bajaron de precio.

                   ¿La fuente presidencial de tamaña buena noticia? Una cuenta de X (ex Twiter), denominada “Jumbot”, que teóricamente mide la variación de los precios de los alimentos en el supermercado Jumbo.

                   Hay que decir que existen por lo menos tres cuentas que entregan esos datos: “Coto Bot”, que releva los datos del supermercado Coto y es el único que expone su metodología; “Carre Bot”, de Carrefour, y “Canastita Bot”, que es una mezcla de ellos.

                   Ninguno, repito ninguno, cumple con la metodología del Indec para calcular la inflación, que se basa en el relevamiento de precios en 500 supermercados y más de 16 mil negocios, empresas e instituciones y contempla el relevamiento de precio de 12 rubros.

                   Es decir que, no sólo que los “bots” no son elementos técnicamente confiables para que un presidente los tome como fuente de información para publicitar una supuesta baja de la inflación, sino que, para su desgracia, tomó el único “Bot” trucho, el “Jumbo Bot”.

                   Esta cuenta de X, que es la fuente presidencial para anunciar los logros de su política económica aclaró, por si hiciera falta, que “nunca analizó precios”, que sólo se trata de “un experimento social”, agregando: “Esta cuenta sirvió para per la necesidad que tienen muchos en mostrar resultados que la realidad les niega”.

                   Si esas son las fuentes gubernamentales para sustentar los resultados de sus políticas económicas, vamos mal, pésimo diría. Faltaría que apareciera un “bot”, el “Jubi-bot”, que diga que los jubilados tuvieron un incremento real, a moneda constante, del 100% de sus beneficios. Entonces, con el anuncio presidencial, todos a festejar.

                   Pero eso no es todo, porque el que sí tiene la obligación de manejar técnicamente las políticas económicas del gobierno, y, lógicamente, manejarse con datos fiables, el Ministro de Economía Luis Caputo, cometió la misma “burrada” que el presidente. En el programa “La ves”, habló de una deflación de alimentos del 3 al 5 %, basándose en mismo bot que el presidente. Un papelón.

                   El asunto sería anecdótico y risueño si fuera Minguito Tinguitella el autor de los anuncios. Pero no, es el Presidente y su Ministro de Economía, los autores intelectuales y materiales del ajuste más brutal que se haya hecho en la Argentina, y que está recayendo en los sectores de menos recursos.

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